Durante varios años salí con una chica a la que, si les parece, podemos llamar Luciana. De esto hace ya mucho tiempo –hoy tengo 31 y comenzamos a salir a los 23– sin embargo guardo por ella un afecto especial y, a pesar de haber dado por terminada la relación hace más de cuatro años, hemos reanudado el contacto, primero vía e-mail, y ahora incluso hasta nos hemos animado a tomar un café.
Cuando comenzamos a salir éramos dos chicos inexpertos, pero sin duda inquietos en el campo sexual, sobre todo yo. Ella empezó con bastantes prejuicios y represiones, pero con el tiempo logramos que nuestra relación se vuelva realmente excitante e intensa.

Un día le conté una fantasía: que ella tuviera relaciones con otro hombre para luego contármelo. Era algo inocente, simplemente una fantasía, algo que uno sabe que nunca va a llevar a cabo. A ella le sorprendió la confesión, de hecho se quedó helada, pero para mi sorpresa no censuró la idea.

El tema quedó pendiente, casi como flotando en el aire, durante bastante tiempo hasta que comenzó a hacerse presente durante nuestras relaciones sexuales. En una oportunidad se lo comenté al oído mientras lo hacíamos y noté que ella se excitaba rápidamente acabando en un ruidoso orgasmo, de esos que pocas veces le vi tener.

Los ratones comenzaron a crecer en forma desmesurada. En cada encuentro sexual las fantasías se volvían más intensas y alocadas. De un simple desconocido imaginario comenzamos a fantasear con hombres de raza negra con enormes penes. Primero uno, después dos, hasta imaginarnos a mi mujer, mi tierna Luciana, con tres negros haciéndole el amor salvajemente.
La cosa se volvió incontrolable. Lo que comenzó como una idea loca de un novio aburrido de la rutina sexual se convirtió en una especie de obsesión, no sólo mía, sino también de mi compañera. Teníamos que llevarla a cabo urgente, aunque sabíamos que jugábamos con fuego.

Una tarde mientras hacíamos el amor, me comentó que había un compañero de trabajo que le hacía insinuaciones permanentemente. Ella era secretaria en una clínica y el muchacho en cuestión era un joven médico residente, "felizmente casado", pero que se había obsesionado con las piernas de mi mujer (algo que no es de extrañar porque eran –son– espectaculares).Luciana me confesó que lo histeriqueaba bastante, pero que la cosas nunca había pasado a mayores porque la ecuación era obvia: el estaba casado, ella estaba en pareja, eran compañeros de trabajo, en pocas palabras, era un "bardo". Sin embargo, el tipo le gustaba y mucho por cierto: Luciana no tuvo más remedio que confesarme que aquella vez que le comenté acerca de un "tercero" mientras hacíamos el amor, pensó instantáneamente en este chico al que podemos bautizar Miguel.

Ya estaba el candidato, sólo faltaba dar el paso; el tema era cómo, cuándo y dónde. Resolvimos que el momento ideal era durante la fiesta de fin de año de la clínica. El encuentro era sólo para compañeros de trabajo, no había esposas, ni novias. Ideal.

La dejé en al puerta del salón en el barrio de Belgrano y me fui caminando a casa entre nervioso, angustiado y excitado. La mezcla de sensaciones me descolocaba, realmente no sabía qué sentir. Por momentos me arrepentía de la idea, para luego comenzar a fantasear sobre qué estarían haciendo en ese momento. Muy loco realmente.

Como a las 4 de la mañana llegó a casa –yo estaba recién mudado a mi departamento de soltero– oliendo a alcohol y medio borracha, tambaleándose y llevándose por delante los pocos muebles del living. Le pregunté ansioso sobre lo ocurrido y le pedí que me relatara paso a paso todo lo acontecido. Pero con una mezcla de tristeza y alivio me aclaró que no había pasado nada.

Me dijo que el tipo la había sacado a bailar, que le había hecho el "verso" toda la noche, pero que arrugó a la hora de irse juntos. En algún momento se propasó con las manos, pero él mismo se reprimió y no pasó a la fase B.

Yo también sentí esa mezcla de frustración y alivio. Y me fui a dormir pensando que toda la idea había sido una locura y que mejor sería archivarla de una vez por todas. Que mejor era que volviéramos a ser una pareja "normal" como todas las demás, como todos nuestros amigos a los que jamás les pasaría por la cabeza algo así. O eso suponíamos...

Pasó un mes hasta que Luciana me confesó durante la cena que una compañera de trabajo sí se había animado a concretar lo que para nosotros era una secreta fantasía. Era una chica bastante mona, de unos 27 años que salía con un pibe de 24. El chico le propuso tener sexo con su mejor amigo, pero en este caso de a tres.

Le brillaban los ojos cuando me relató toda la experiencia: salieron los tres a comer y a bailar, tomaron mucho y a la vuelta el amigo en cuestión comenzó a acariciar a la novia de su mejor amigo, ahí en el auto. No hubo resistencia de ninguna de las partes por lo que el muchacho siguió hasta pasar a mayores. Aparentemente la chica la pasó muy bien, pero no sabía si lo iba a volver a hacer... demasiado fuerte como para repetirlo.

Ahora sí, el tema volvía al tapete y no era precisamente yo el que lo traía. Luciana estaba más dispuesta que nunca y yo, a pesar de estar de acuerdo con el plan, comencé a dudar sobre los beneficios de esta movida.

En febrero nos fuimos de vacaciones a Bahía (Brasil). Quince días geniales: mar transparente, arenas blancas, castillos portugueses, algo de buceo y fantasías, muchas fantasías. Yo trataba de ponerle paños fríos al tema, pero Luciana quería darse el gusto. Supuse que si me veía con menos ganas, ella iba a desistir de la idea, pero no fue así. Así que bueno, me la banqué, al fin y al cabo fui yo el de la idea, el que le calentó la cabeza durante meses. Además, no es que la fantasía había dejado de excitarme, es que me daba un poco de miedo, eso es todo.

El nuevo candidato era el guía que nos llevaba en su bote a bucear en los arrecifes de coral. Un tipo realmente muy apuesto –nobleza obliga–. Con mi consentimiento, Luciana comenzó a pasar más tiempo con él mientras yo me iba a bucear. También había otros turistas (italianos, alemanes, holandeses), pero realmente estaban en la suya y no repararon en lo que hacía o dejaba de hacer mi mujer, y si lo hicieron no dijeron nada.

En una de mis zambullidas me puse a observar la escena desde el mar. El estaba sentado en el borde del bote y ella, de pie, le comentaba algo que no pude entender a la distancia. Por primera vez pude observarla en todo su esplendor. Era muy bella sin duda: 1,65, pelo color caoba, piernas largas interminables, hermosas, todo el resto en su justa dimensión. La verdad que no era exuberante, pero tenía "algo" que la volvía muy apetecible. Mientras pensaba en esto vi como la mano de Felipe acariciaba las piernas de Luciana. Supuse que me iba a enojar, pero me excité como nunca...
Esa misma noche volvimos a las cabañas. Mientras Felipe charlaba animadamente con el dueño de la posada, me crucé a comprar unas cervezas y unos palitos salados para hacer una picadita. Sí, la dejé sola a Luciana...

Cuando volví, Felipe ya estaba instalado en la cabaña. Cuando me vio entrar se puso de pie nerviosamente. Lo calmé con un palmadita en la espalda, como diciendo "no te preocupés que está todo bien". Nos quedamos charlando un rato mientras disfrutábamos de la cerveza helada hasta que comprendí que hasta que no me fuera no iba a pasar nada entre ellos. Nervios, pudor, llamenlo como quieran. La cosa es que decidí salir y perderme un rato en la espesura de la noche...

Me terminé la Skoll de medio litro y emprendí el regreso. No sabía si entrar, espiar o irme al bar, estaba confundido. Es que no habíamos aclarado ese punto en cuestión. Decidí espiar como cuando tenía 15 años y fisgoneaba entre las persianas del albergue transitorio a la vuelta mi casa. Esta vez no era persianas, era simplemente un ventana entreabierta ...
Lo que vi me shockeó: un pene muy grande desaparecía una y otra vez dentro de la boca de mi mujer. El chico no era tan negro como Luciana quería, era simplemente un mulato, pero el tamaño de su miembro era exactamente lo que ella había estado deseando, y se notaba...

Dejé de espiar, estaba muy atontado. Me senté en el umbral de la puerta a pensar algún movimiento. Es que no podía creer lo que estaba viendo, era como algo irreal. Me parecía increíble que esa misma chica que hasta hace pocos años se negaba al sexo oral por "asqueroso", ahora se la chupaba con frenesí a un desconocido que habíamos conocido hace pocos días. "Algo pasó en el medio, y me lo perdí", pensé.

Cuando recuperé la razón volví al espionaje. Ahora la escena era otra: Felipe se la daba por atrás a Luciana. Con cada estocada, ella le pedía a los gritos "mais fuerte, mais fuerte". Supuestamente en ese momento tenía que hacer mi entrada, para hacer la fiesta como habíamos quedado. Pero no pude, no pude entrar. Me fui al bar y me tomé cuatro cervezas más viendo por la televisión un partido de Palmeiras con no me acuerdo quién.

Como a las tres de la mañana volví. La faena ya había terminado y Luciana dormía plácidamente en un costado de la cama. Quise intentar acostarme a dormir junto a ella, pero me dio asco. La idea de que en esa cama había estado ese tipo transpirando y escupiendo sus fluidos me dio tanto asco que me dio ganas de vomitar. Luciana se despertó por mi presencia y me preguntó qué había pasado, que por qué no entré. "¿Te gustó?", me dijo. No le contesté y me fui a dormir en la bolsa de dormir que habíamos traído.

A día siguiente nos volvimos para Buenos Aires. Dos días después nos separamos...

Durante meses me estuvo llamando, diciendo que me amaba, que quería estar conmigo, que aquello fue una locura que nunca más se repetiría. Pero yo ya no podía. Lo que vi me shockeó de tal manera que ya no había retorno para mi.

Hace dos semanas (más de cuatro años después) nos volvimos a ver. Está hermosa como siempre, pero con una expresión de tristeza y frustración que llamaron mi atención. Está casada con un compañero de la clínica, aunque no con el médico con el que habíamos fantaseado en un principio.

El polvo simultaneo de dos gatitas bien distintas en un parque

Aquella noche salí de casa mas contento que un niño con una bicicleta nueva. Con mucho esfuerzo, haciendo mas horas que un reloj en la tienda de animales, había conseguido ahorrar un poco de dinero para comprarme la cámara digital más moderna del mercado. Estaba seguro de que iba a ser una buena herramienta para completar mi carrera de veterinaria con un trabajo audiovisual.
Inmerso en la proximidad de los exámenes finales, en la presentación libre, estaba a punto de terminar un trabajo sobre el comportamiento de los gatos en libertad, y que mejor que un buen reportaje para acompañar a la tesis que esperaba me diera él titulo de veterinario.

Casi anochecía cuando llegue a las puertas del gran parque situado en un extremo de la ciudad, lugar conocido de todo el mundo, y frecuentado, además de por incontables gatos callejeros, por infinidad de parejas que buscan la oscuridad para llevar a cabo sus juegos amorosos.

La temperatura era agradable, y para hacer tiempo de que fuera noche cerrada, me senté en la terraza de un bar a la entrada del frondoso recinto. No sabia el tiempo que me podía costar el espiar a los gatos, tan recelosos como son, antes de que pudiera grabar sus correrías nocturnas sin que salieran corriendo a ocultarse ante mi presencia.
Mientras tomaba una refrescante cerveza, estuve revisando por ultima vez antes de la gran prueba el funcionamiento de la cámara. Me interesaba particularmente el modo de grabación con la mínima luz, ya que tampoco era cuestión de pasarse media noche en el parque detrás de los gatos para que luego no se viera nada en el video.

Al rato, caí en la cuenta de que en una mesa cercana, me observaba una chica que bebía un refresco despreocupadamente. La mire unos segundos y ella aparto los ojos con rapidez, sintiéndose descubierta en su curiosidad, no sé si por mí o por el artefacto que no dejaba de manipular entre mis manos.

Era verdaderamente hermosa, paradójicamente, se me antojo que tenia cierta cara de gata, con la barbilla afilada, la nariz pequeña, y unos ojos oscuros que a medida que iba cayendo la noche me parecían más enigmáticos. Todo su rostro lo rodeaba una larga cabellera de pelo negro, que le caía hasta la mitad de la espalda, tras un holgado recogido con un pañuelo a la altura de la nuca.

Confieso que me quede demasiado tiempo embobado mirándola, y ella, tan atenta como los gatos, volvió a dirigir hacia mí sus ojos por un instante y de inmediato giro su carita felina hacia las puertas del parque, supongo que molesta por mi insistente contemplación sobre ella, que en ningún momento era de descaro, sino de admiración ante unos típicos rasgos del sur que se presentaban como una delicia para mis ojos.

Vestía una blusa a cuadros blancos y azules, bastante ajustada en la cintura, que le hacia destacar unos pechos de tamaño mediano y extremadamente firmes, unos centímetros mas abajo de dos botones sueltos que mostraban un escote y el principio de un canalillo donde me hubiera gustado de verdad meter las narices y algo más.
Sentada como estaba, bien recostada en el respaldo de la silla metálica, con una pierna cruzada sobre la rodilla de la otra, una larga falda de color marrón dibujaba una sutil cintura y unos muslos prácticamente perfectos, que terminaban en un culo que, por lo poco que podía ver desde mi posición, me imaginaba que debía de ser un diamante en bruto.

Todo el conjunto se completaba con unas altas botas de tacón, marrones como la falda, y que desaparecían debajo de esta al caerle un poco mas debajo de las rodillas. Ese era el toque, junto con el pequeño bolsito a jugo que descansaba sobre sus piernas, que le quitaba un poco esa apariencia de gata y la convertía en tigresa.

Pues así de embelesado estaba yo contemplando aquella belleza, cuando una figura masculina apareció desde mi lado derecho y se me antojaba que se dirigía directamente a mí. ¡¡Joder!! Este debe de ser el chorvo de la morena –pensé yo aun medio embobado- Seguro que me ha visto como la miraba, y habrá reparado en la cámara de video que tengo en las manos, y ahora me va a montar un pollo impresionante.

Cuando estuvo a mi altura, dirigió una fugaz mirada a la cámara y continuo su camino directamente hacia la chica, con sus manos enfundadas en los bolsillos de un pantalón de pinzas de color claro y un jersey veraniego negro que le daba cierto aire de ligon. Yo respire aliviado, y volví a concentrar mi atención en la maquina que aun conservaba encendida entre las manos.

- Hola, me llamo Paco –escuche que le decía el recién llegado a la morena ajustándose unas gafas de montura metálica que le daban también un toque intelectual- Me pregunto si a un monumento como tu le molestaría que la invitara y me sentara a charlar un rato contigo.

¡¡Me cago en todo lo que se menea!! La tía estaba sola, y yo me he quedado mirándola como un gilipollas, esperando que el primer mamonazo que pasara por aquí se la enrollara. ¡¡Joder!! Debo de ser tonto del culo.

- Yo me llamo Gabi –le estaba contestando ella con una suave voz- y la cerveza ya esta pagada, pero si quieres sentarte unos minutos... por mí, adelante. Aunque estaba a punto de marcharme.

Lo que yo te diga, si voy a un concurso de lelos, no lo gano precisamente por ser lelo. Seguro que la morenaza esta estaba esperando a que le dijera algo, y por cazurro se me ha adelantado este guapito, que además seguro que en menos de media hora sé la esta cepillando.

Cabreado como un mono, guarde la cámara en su estuche y me marche de allí. Me introduje en el oscuro parque y comencé a forzar mis ojos en las penumbras en busca de alguna cuadrilla de gatos que me proporcionara un buen material para mi trabajo de fin de carrera. Mal por mal, la concentración que puse en escuchar cualquier ruido en la noche, hizo que me olvidara de lo palurdo que había sido hacia unos minutos.

Anduve un buen rato sigilosamente por detrás de los setos que rodeaban los distintos caminos del desierto parque. De pronto, un hermoso animal de pelo pardo, con el rabo totalmente levantado, atravesó por delante de mí como fiera a la que persigue el diablo. Unos segundos después, otros tres gatos la seguían a la carrera.

Perfecto, esto es lo que estaba buscando, una gata en celo y varios pretendientes que se la disputaban. Unos metros mas adelante, en una especie de paseo sin salida, coronado por un único banco de madera y una farola eran franqueados por los frondosos setos en forma de U. La gata, perseguida por sus Don Juanes, paso veloz por entre los dos y desapareció de mi vista tras el verde follaje.

Cuidadosamente me fui acercando con la videocámara ya encendida, y al levantar mi cabeza por encima del ramaje, pude ver a la gata casi acorralada contra una verja con los tres pretendientes dispuestos a saltar sobre ella. Sin pensarlo dos veces, me acurruque tras la arboleda y me dispuse a recoger con la grabadora lo que prometía ser una orgía gatuna.

Rápidamente, me sorprendió ver que los machos no se disputaban a la gata caliente, incluso uno, el menor en corpulencia, desapareció súbitamente del plano que recogía la videocámara, y aun me sorprendió mas cuando comprobé que el gato mas decidido empezaba a cortejar a la hembra mientras el otro animal se quedaba parsimoniosamente contemplando como se le escapaba la cogida de esa noche.

Me resulto incluso gracioso. Al gato tonto este le esta pasando como a mí –pensé sonriendo para mis adentros- por quedarse pasmado le han quitado el ligue. Y mientras tanto, el gato mas decidido iba rondando a la gatita que ya daba muestras de dejarse querer.

La tecnología de la cámara era una maravilla. Veía claramente en la pantalla digital el cortejo entre la felina pareja como si estuviera a plena luz del día. Estaba ajustando el zoom para recoger la amorosa escena de la manera más conveniente cuando creí escuchar el leve ruido de unos pasos que se acercaban por el camino.

Levante un poco la cabeza y me quede de piedra al comprobar que la morena que me havia hipnotizado en la terraza del bar de la entrada del parque se acercaba paseando tranquilamente por el camino acompañada del guaperas que se le había presentado como "Paco".

¡¡¡Coño!!! ¿Y ahora que hago yo? Vienen directamente hacia aquí. El camino no se desvía hacia ningún otro sitio. –La incertidumbre y la sorpresa bloqueaba mis piernas y era incapaz de moverme- ¡¡Mierda!! Seguro que vienen a pegarse el filetazo a este banco, y como me descubra el de las gafitas, ahora si que me va a montar una buena bronca.

Casi sin respirar para no hacer ruido, me acurruque tras los setos pensando que con suerte, se darían cuatro besos y se marcharían a calmar su calentura a otro sitio. A pocos metros de mí, los dos gatos empezaban a relamerse mutuamente como preámbulo de sus desahogos, mientras, el otro invecil animal, seguía mirándolos atentamente.
La otra pareja, es decir, Gabi, si yo no lo había entendido mal, y Paco, tal como el mismo se había presentado, llegaban en ese momento al otro lado de los setos que me ocultaban. La morenaza se dio la vuelta y apoyo su espalda en la farola, y sin mediar palabra, agarro con una mano el cuello del gafitas y le soltó un morreo con lengua de los que te quitan el hipo.

Yo me quede boquiabierto. A ambos lados del pie de la farola se distinguía uno de los mejores culos y más bien formados que he visto en mi vida, y unos centímetros mas arriba, las manos del hombre, acariciaban sensualmente la cintura de aquella belleza con cara de gata, que mientras le besaba, introducía sus dedos por entre el cabello de su ligue.

¡¡A tomar por culo la bicicleta!! Esto es mucho más interesante que el apareamiento de los gatos –pensaba yo en esos momentos con un punto de nerviosismo- Arrodillado en el suelo, escondido entre el follaje, empecé a manipular los controles de la cámara para recoger la escena de los dos tortolitos, y no me refiero precisamente a los gatos.

Justo acababa de enfocar a la acaramelada pareja, cuando las manos de aquel chulito al que le había tocado la lotería en forma de mujer, acariciaba y apretaba el culo de la chica por encima de su larga falda. Al mismo tiempo, y mientras ella seguía jugando con el pelo del chaval entre sus dedos, este restregaba su paquete contra el pubis de la morena y le pasaba lascivamente la lengua por el cuello.

Me sentía casi como un delincuente allí escondido. Sin apartar la cámara de la pareja, di un rápido vistazo a los alrededores. El gato, el de verdad, el animal, montaba ya a esas alturas a su felina conquista y le estaba proporcionando un mete saca digno de publicar en el National Geografic.

Pero al otro lado de los setos, el documento grafico se presentaba aun mejor. Aquel afortunado mozalbete no perdía el tiempo con la morena. Muy hábilmente, sin dejar de sóbrale el culo en toda su extensión a la chica, se las había ingeniado para desabrocharle todos los botones de la blusita a cuadros, y hasta había encontrado entre aquellas maravillosas tetas el cierre delantero de un precioso sujetador negro.

La gatita morena se estaba poniendo las botas con aquel tío. Le agarraba la cabeza con las dos manos y la dirigía alternativamente de uno a otro pezón. Como le estaría comiendo las tetas aquel afortunado chaval que hasta las gafas se le salían del sitio, y pasaba olímpicamente de colocárselas por no dejar de magrear aquel espléndido culo que apretaba con fuerza con sus manos.

Claro que ella tampoco perdía el tiempo. Habiendo liberado por un momento la cabeza del gafitas, luchaba afanosamente por abrirse camino bajo el pantalón de pinzas de su Romeo, y por el significativo gemido que emitió al conseguirlo, debía de gustarle mucho lo que estaba palpando.

La escena se calentaba a cada segundo, ¡¡Joder!! Se calentaba incluso la cámara de video, o quizás era yo el que empezaba a notar como me subía la libido mirando la pantalla digital y comprobando el estado de las baterías para estar seguro de no quedarme a medias en la grabación de tal acontecimiento.

De repente, la morenaza, que ya debía de estar mas caliente que el mango de una sartén, empezó a deslizar su espalda a lo largo de la farola hasta que quedo en cuclillas frente al muchacho. Agarro su pantalón y sus slips de un tirón se los dejo a la altura de las rodillas, contemplo un instante la polla que tenia ante los ojos, y decididamente se la metió en la boca y empezó a chupar como si no hubiera visto un rabo en varios meses.

Yo ya me estaba poniendo malo contemplando la lujuriosa mamada en la pantalla de la cámara. ¡¡Vaya!! –admití sinceramente- Hay que reconocer que el ligon de playa este tiene una buena herramienta, y no da la impresion de que la zorrita esta se vaya a conformar con metersela solo en la boca.


El feliz cabroncete que me había quitado el ligue se apoyaba con una mano en la farola, mientras que con la otra agarraba la cabeza de la chica y la dirigía en sus movimientos de succión acompasadamente con las caderas. Aun cuando estaba poniendo una cara de tonto impresionante, lo cierto es que con el suave ritmo que se habían impuesto, la nariz de la gatita llegaba a tocar el bajo vientre del chaval de tanto que se la metía en la boca.

Ella jugueteaba con los huevos de su improvisado amante mientras su otra mano recogía su falda hasta la cintura para dejar ver unas piernas que más de una modelo hubiera querido para sí. Continuo sus caricias hasta llegar a su entrepierna y sin dejar un solo instante de comerse aquella enorme verga, comenzó a acariciarse por encima de las bragas.

Así estuvieron unos minutos, y por los ahogados gemidos que la morena emitía debido a tener en todo momento su boca llena de polla, creo que al menos un par de sus dedos estaban haciendo un buen trabajo dentro de su coño, ya que su mano se movía a velocidad de vértigo entre sus abiertas piernas.

Debió de darse cuenta el afortunado chaval de que si no cambiaba la situación, en breves momentos iba a descargar toda su leche dentro de la boquita de aquella gata en celo, que a esas alturas ya era mas bien una tigresa devorando a su macho. El supuesto Paco entonces, la detuvo sacando el miembro de aquel agujero y la condujo rápidamente al banco de madera que había a escaso metro y medio de la farola.

Eso me jodio un poco, ya que desde donde estaba lo único que veía era la parte posterior de dicho asiento. Sigilosamente, y tras comprobar sin proponérmelo que la pareja de gatos que había a mi espalda aun continuaban con su frenética follada, me arrastre casi hasta situarme en el extremo de aquella U que formaban los setos por el lado de la farola.

No me había perdido mucho. La tigresa Gabi se había tumbado en el banco y se ofrecía descaradamente al chico con las piernas totalmente abiertas, una en el suelo y la otra apoyada en la parte mas alta del respaldo del asiento, y sus manos sujetaban firmemente a un lado del coño unas bragas negras en lo que era una inequívoca invitación para que su amiguito se comiera lo que tanto estaba deseando.

Él chaval no se corto ni un pelo. Arrodillado en el suelo, con el culo al aire, hundió la cabeza entre las piernas de la morena, y se lió a dar lametazos a diestro y siniestro por todo aquel chochito que se le estaba ofreciendo, y ahora si que corría serios riesgos de perder las gafas en aquel afán de pasar su lengua por cada rincón de las intimidades de la chica.

La morena, o Gabi, o como quiera que se llamara la gata, aferró nuevamente la cabeza del gafitas, y acompañándolo suavemente con el movimiento de sus caderas, lo guiaba para que la lengua del mozo se deslizara lo máximo posible por entre sus labios vaginales, y a juzgar por como gemía la tía, el chaval debía de saber muy bien lo que estaba haciendo.

Estaban los dos locos de lujuria. Podrían haber aparecido una docena de personas en el parque y ponerse a mirar, y ellos no se habrían dado cuenta de nada. Yo incluso temía que los jadeos y gemidos que escapaban de la boca de la morena, alertaran a alguno de los vigilantes nocturnos y me estropearan el espectáculo.

Con toda la cara empapada con los flujos que salían de entre las piernas de la chavala, el tal Paco se dedicaba ahora a masturbarla metiendole un par de dedos dentro del coño, mientras su lengua y sus labios continuaban jugueteando con el clítoris de la muchacha, que daba significativas muestras de estárselo pasando en grande y a punto de correrse en la cara de su amigo.

Pero aunque yo aquí me burle simpáticamente del cabroncete que me había robado a buen seguro el mejor polvo de mi vida, lo cierto es que el tío sabia manejar bien a la dama, y antes de que ella llegara al inminente orgasmo que se avecinaba, saco la cabeza de entre sus piernas y se sentó en el banco indicándole a ella que había llegado el momento de follarsela como es debido.

Entonces la morenaza, arrodillada sobre el banco, se sentó sobre las piernas del chaval, y al tiempo que con una mano dirigía nuevamente la cabeza de este hacia sus tetas, con la otra le agarraba la polla y se la colocaba en la entrada de su húmedo coño, con la intención de llenarlo con aquel empalmado rabo inmediatamente.

La chica abrió la boca en todo lo que sus mandíbulas se lo permitían y mientras dejaba escapar un ahogado grito, fue deslizando su cuerpo hacia abajo hasta que la dura herramienta del mozo se alojo en lo más hondo de su vagina, y mientras le restregaba al chaval las tetas por toda la cara, empezó a dar secos golpes de cadera acompañados de significativos gemidos de placer.

El afortunado mozo, chupaba, relamía y mordía los pezones de la gata que lo cabalgaba sin soltarle la cabeza que iba pasando alternativamente de uno a otro seno. Con sus manos libres, él chaval agarraba fuertemente las nalgas de la chica y sujetaban su falda a la altura de la cintura, propiciando así que mi cámara grabara la increíble follada en todo su esplendor.

¡¡Dios!! Vaya escena que estaba registrando en la memoria de la videocámara. No me cabía la menor duda de que era la morena la que se estaba follando al gafitas, y el pobre hacia lo que podía por seguirle el ritmo a la caliente hembra que tenia sobre el rabo. Si en vez de estar jodiendo en un banco de madera estuvieran en una cama con colchón, los vaivenes de la pareja hubieran sido bestiales.

A medida que pasaban los minutos, aquella tigresa me sorprendía cada vez mas por sus ansias de sexo. Y creo que al mozo le ocurrió lo mismo cuando la chica agarro una de las manos del chaval y la dirigió lascivamente hacia la entrada de su culo sin dejar de menear vigorosamente su cuerpo contra el guapito.

El muchacho, que ya se veía en inferioridad de condiciones debido al ímpetu con que la tía casi le estaba violando, empezó a acariciar con su dedo corazón aquel rinconcito trasero que también le estaba pidiendo caña, y en escasos segundos, comenzó a abrirse camino para deleite de la desbocada gata que no paraba de pedirle mas y más polla.
La gran cantidad de flujos que corrían por entre las piernas de los dos, facilitaron rápidamente una lubricación ideal en el culo de la morena, que seguía sujetando la mano del muchacho y se la empujaba acompasadamente hasta que consiguió que los nudillos del joven empezaran a chocar con sus nalgas.

Si mi cámara no hubiera sido de ultima tecnología, las imágenes hubieran salido totalmente borrosas a causa de la velocidad de folleteo que la morena le estaba imprimiendo a su amante, y no se quedaba atrás con la mano que entraba y salía con violencia en su ya dilatado ano.

Mientras Gabi aparentaba estar fresca como una rosa después del rato que llevaba cabalgando al chico, este empezaba a dar significativas muestras de agotamiento. Tenia las gafas torcidas y a la altura de la frente, mientras paseaba la lengua por los pechos de la chica totalmente ciego de lujuria y sin saber exactamente de que lado era la teta se estaba comiendo.

Claro que yo tampoco estaba como para lanzar cohetes. Tenia las piernas entumecidas de estar tanto rato agazapado tras los setos que bordeaban el banco y la farola, por no hablar del dolor de huevos que empezaba a atormentarme debido a la calentura que me había producido el asistir como voyeur en aquel polvo.

En un momento dado, tras un golpe seco de la morena contra la pelvis del chaval, esta soltó un significativo alarido y se quedo totalmente quieta, con el rabo de su ligue incrustado en lo mas profundo de su coño y un dedo acomodado e inmóvil en su trasero. No habían pronunciado una sola palabra, pero era evidente que Gabi acababa de tener un orgasmo de película porno.

Aun así, yo seguí grabando toda la escena, y no estoy seguro de que aquel joven ligon hubiera descargado su lechecita dentro de la morenaza que tenia sobre sus piernas, aunque a juzgas por la cara de empanao que ponía mientras se colocaba las gafas en su sitio, yo diría que había disfrutado como un cabron.

La chica le soltó otro morreo que casi lo ahoga y se sentó a su lado en el banco. Durante unos minutos se arreglaron las ropas como pudieron y sin mediar palabra se alejaron tranquilamente uno al lado del otro por el mismo camino por donde habían venido.

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Cuando ya habían desaparecido de mi vista, apague la cámara y me puse en pie con dificultad a causa del dolor que recorría mis rodillas. Mire hacia atrás y comprobé que la pareja de gatos, los de verdad, habían desaparecido sin dejar el menor rastro tras su aventura nocturna. Sin embargo, aun quedaba un detalle que me llamo la atención.
Unos metros detrás de mí, el animalito que se había quedado sin gatita por no decidirse a cortejarla, permanecía allí, inmóvil, contemplándome en la oscuridad, como si intentara decirme algo.

Lo cierto es que la escena era graciosa, los dos nos había pasado lo mismo, habíamos perdido a nuestras gatas por indecisión. Me reí para mis adentros e incluso estuve tentado de llevarme al animal a casa e invitarle a una latita de sardinas en conserva.

Al fin y al cabo, casi hubiera sido una acción de solidaridad, ya que estábamos en igualdad de condiciones y cada uno miraba al otro pensando cual de los dos había sido más gilipollas esa noche.


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